
Familia Marcheco-Lleonart
TAGUAYABÓN, Cuba.- Podría escribir una simple nota informativa acerca
de una detención de las tantas llevadas a cabo por los Órganos de la
Seguridad del Estado en Cuba, entre los días previos a la realización en
La Habana de la Cumbre de países miembros de la CELAC. Solo que en esta
en particular fui testigo presencial y víctima, y además tuve que
lidiar con el hecho de que mis hijas lo vieron todo.
El pasado sábado 25 de enero, cuando salíamos de nuestra casa en
Taguayabón, mi esposo, el pastor bautista Mario Félix Lleonart y yo, con
nuestras hijas menores de edad, Rocío, de 13 años, y Rachel de apenas
5, con el ánimo de viajar hasta la vecina ciudad de Remedios y pasar una
tarde de esparcimiento en familia, fuimos interceptados por dos agentes
de la Seguridad del estado vestidos de civil; ambos en una pequeña moto
marca Suzuki, quienes se acercaron a mi esposo y le comunicaron que
estaba detenido.
La situación se tornó muy tensa cuando, pasados unos minutos,
apareció un auto patrulla perteneciente a la Policía Nacional
Revolucionaria, con un policía uniformado y otro agente de civil,
quienes se unieron a los dos primeros y se abalanzaron contra Mario
Félix y, como si fuera un vulgar delincuente, lo esposaron y se lo
llevaron a toda velocidad rumbo a Remedios, sin comunicarme cuál sería
su paradero.
Nuestras hijas quedaron en shock, ambas comenzaron a llorar, la más
pequeña no paraba de decir: salven a mi papá que esos hombres malos se
lo llevaron. Me costó trabajo enorme calmarlas y de alguna manera que
ellas pudieran entender lo que estaba sucediendo. Las niñas aman
entrañablemente a su papá, lo conocen, saben que es un hombre honesto y
de muy buen corazón; aquel secuestro era algo que no podían asimilar,
sobre todo porque sabían que esa tarde él la había reservado para ellas.
Tragando buches amargos y sobre todo mi indignación -porque no
oculto que ante todas estas arbitrariedades y despotismo me indigno
profundamente-, llevé a las pequeñas hasta Remedios, caminé con ellas y
resalté la figura de su padre. De algún modo mi pequeña Rachel se
apropió de mis palabras y luego no paraba de decir: si esos policías
vienen a buscar a mi papá aquí a la casa, yo les voy a decir que lo
dejen tranquilo porque mi papá es un hombre libre. No sé si mis hijas
han entendido a cabalidad ese mensaje, pero la libertad es nuestra y
nosotros somos de ella, y así espero que crezcan ambas sabiendo que no
hay sistema humano, ni cuerpo represivo, ni dictadura, ni dictador, ni
tiranos que puedan impedirnos ser libres.

Agentes de la Seguridad del Estado que secuestraron al pastor Mario Félix
Regresamos a la casa a esperar por la suerte de Mario. No sabíamos a
ciencia cierta para dónde lo habían llevado. Caibarién y Remedios quedan
en la misma dirección y solo sabíamos que el auto patrulla se había
dirigido hacia uno de los dos lugares. Un secuestro con todas las de la
ley, terrorismo de Estado más que evidente, los ciudadanos son llevados
a cualquier parte, ni siquiera los familiares saben a dónde.
Las detenciones pueden ser a cualquier hora, en cualquier sitio, ante
cualquier persona, sin explicaciones, utilizando además la fuerza
bruta. Qué reprimen, qué persiguen, no a los delincuentes comunes que
cada vez son más, sino a los opositores políticos e ideológicos.
A las seis de la tarde de ese día, llegó mi esposo. Mis hijas
corrieron hacia él y lo besaron, el alivio era evidente en sus caras.
Desde ese momento, un operativo policiaco cercó nuestra casa y nuestro
templo, la prohibición de salir se hizo extensiva a mi persona. Solo
podíamos llevar y recoger a las niñas en sus respectivas escuelas y
siempre custodiados por la policía política. Las Suzuki se parqueaban en
la esquina cercana a las escuelas, visibles a nuestras hijas; era el
recordatorio para ellas de que aún estaban y la manera de mantenerlas
inquietas.
Como en otras ocasiones, nuestros móviles fueron bloqueados por
Cubacel, la única empresa, estatal, que gestiona las líneas. Quizás la
misma providencia divina permitió que, en algún momento, del teléfono
mío pudieran salir los mensajes como vasijas lanzadas al mar de la
libertad y que recalaran en el bendito
twitter. Así los amigos
del exterior tuvieron noticias de nuestra suerte. Pude además llamar a
activistas que se encontraban en la misma situación que nosotros, no
siempre con mucha fortuna porque los teléfonos de algunos también
estaban interrumpidos. Cada noche oramos por los que habían corrido peor
suerte, porque habían terminado en las frías celdas.
La cumbre de la CELAC culminó y no aportó nada nuevo al contexto
cubano. Nadie mejor que mis hijas la definieron: La CELAC es mala, por
culpa de ella se llevaron preso a nuestro papá. La reunión de la CELAC
en La Habana ha teñido de vergüenza el paisaje político latinoamericano;
su postura cómplice hacia un régimen anti democrático ya la marcó para
los siglos de los siglos, amén.